India

La Fundación CIONE Ruta de la Luz inicia un proyecto de cooperación para la mejora de la salud visual en la India

En colaboración con la Fundació Casa del Tibet, la Fundación CIONE ha revisado ocularmente a cerca de 800 estudiantes tibetanos en dos Tibetan Children´s Villages ubicados en el Norte de la India.

Dos ópticos de la Ruta de la Luz acaban de regresar de la India tras cumplimentar el trabajo de campo de un nuevo proyecto con el que la Fundación Cione abre las fronteras de su cooperación y compromiso con la salud visual mundial al continente asiático.  José María López, valenciano, gerente de óptica Masquefá, y Arturo Casas, madrileño, director de producto de Grupo Cione, viajaron en agosto hasta aquel país para desarrollar en quince días de trabajo intenso un proyecto en dos aldeas infantiles de niños tibetanos. Estos “Tibetan Children´s Villages” (T.C.V.) en los que la Fundación Cione comienza su labor en Asia están ubicados al noroeste de la India, en la región de Himachal Pradesh, donde residen miles de tibetanos. Arturo Casas colaboraba directamente por primera vez en uno de los proyectos de la Fundación CIONE. “Ya tenía ganas”, cuenta a su regreso, con el ánimo dispuesto a repetir experiencia.  Por su parte López es todo un veterano en estas lides. En años anteriores el levantino ha trabajado en iniciativas que la Ruta de la Luz mantiene activas en Angola y Bolivia.

En esta ocasión la Fundación CIONE Ruta de la Luz ha colaborado estrechamente con Casa del Tibet, su contraparte en la aventura asiática pionera. Gracias al trabajo desarrollado por ambas instituciones nuestros ópticos, pertrechados con el material necesario para hacer revisiones oculares completas, viajaron a la región de Dharamsala, y concretamente a la ciudad de Suja, en la que un Tibetan Children´s Villages escolariza a cerca de 1700 alumnos tibetanos, de entre 4 y 21 años de edad, todos exiliados de su país y llegados a la India a través de Nepal.

“La preparación del proyecto fue relativamente sencilla porque la Fundació Casa del Tibet, nuestra contraparte en el proyecto que nos daba apoyo sobre el terreno, está muy bien organizada. Fue fácil hacer llegar hasta allí al equipo e instalar en las ciudades de niños refugiados el proyecto de mejora de la salud visual”, declaraba hoy Katherine Salazar, gerente de la Fundación CIONE Ruta de la Luz.  “Sabíamos perfectamente lo que teníamos que llevar, también adonde íbamos y con qué medios y apoyos contábamos”, explica un Arturo Casas a quien lo primero que le sorprendió tras su llegada fue el interés enorme que tienen aquellos niños por completar su formación académica y también por mantener la cultura del pueblo tibetano desde el exilio. “Era habitual ver alumnos con sus libros de texto abiertos bajo cualquier foco de luz que pudieran encontrar, estudiando hasta bien entrada la noche. Todos conservan la ilusión por volver a su país para poner en práctica lo aprendido”, cuenta.

Nada más llegar, y sin dar tregua al jet lag, los ópticos de la Fundación comenzaron las revisiones oculares con los retinoscopios y cajas de prueba que viajaron en avión y en coche con ellos. “La carretera es una experiencia inolvidable en India, por la peculiar y aceleradísima manera de conducir que tienen los hindúes”, dice Arturo. La experiencia previa de José María, la compenetración con Arturo, y el trabajo previo bien coordinado por parte de los cooperantes de Casa del Tibet y de los sanitarios del T.C.V. se aliaron para, en un tiempo récord de cuatro días, finalizar las revisiones previstas a los 500 niños internos en el colegio que las precisaban. “Afortunadamente, no encontramos patologías especialmente graves, salvo alguna miopía escolar severa”, explica el valenciano.

La buena planificación y la capacidad de trabajo de los ópticos de la Fundación CIONE Ruta de la Luz abrieron entonces la posibilidad de desarrollar un segundo campo de acción en el T.C.V. de Gopalpur. Una vez allí los ópticos revisaron a otras 300 personas, niños, jóvenes, y un numeroso grupo de cuidadores adultos, todos ellos tibetanos, bien exiliados del Tibet o ya nacidos en India. Los escolares se agrupan en núcleos “familiares”, en viviendas con una madre y otros niños de distintas edades, con relaciones entre ellos que no por circunstanciales hacen que estén menos unidos.

Arturo y José María regresaban a España a mediados de agosto con su misión cumplida. “Nuestra idea era la de ayudar al máximo número de personas posible, como así lo hemos hecho, y valorar la posibilidad de establecer allí un proyecto a largo plazo, ahora en estudio”, cuenta el madrileño. En total los ópticos han realizado 800 revisiones oculares, preparando un total de 330 recetas de gafas, que llegarán, una vez sean adaptadas en España, en el plazo de un mes a los T.C.V. de Suja  y Gopalpur.  Asimismo, los ópticos de la Fundación entregaron “in situ” más de 200 gafas de sol y una cuarentena de gafas pregraduadas. “El balance de la expedición, ya pasados unos días desde su regreso a España, es que hemos cumplido claramente el objetivo inicial de acercar la salud visual a una zona desfavorecida del planeta.  La ayuda tiene todavía un valor mayor si consideramos que la gran mayoría de pacientes eran niños”, terminaba katherine Salazar.  “Ha sido maravilloso comprobar cómo los niños son plenamente conscientes del valor de la formación que reciben. Los Tibetan Children´s Villages les exigen mucho a sus estudiantes, y ellos, a su vez, se exigen mucho a sí mismos para salir adelante y para mantener la cultura de su nación”, dice José María López.

“A la hora de expresar su agradecimiento los orientales son muy comedidos, lo que sin duda ninguna no quiere decir que no lo estén. Nos regalaron un libro sobre el Dalai Lama, y tanto el texto como la actitud que tienen hacia la vida transmiten que los tibetanos, por sus creencias, no sienten más que cosas buenas hacia los demás. Cuando les gradúas no expresan sus emociones con palabras, pero puedes leer la gratitud en su expresión serena. Cuando a alguno de estos niños con patologías más graves le explicábamos que  en un mes y medio recibiría unas gafas con las que ver, leer y estudiar, se le saltaban las lágrimas, y no precisamente por tener que llevarlas puestas”, termina José María. “Algo se ha modificado en mi interior y lo seguirá haciendo mucho tiempo. Queda el poso de lo vivido, de la experiencia, que no germina inmediatamente. Queda también el sabor dulce de saber que mi profesión y mis conocimientos han servido de algo a muchas personas para las que el acceso a la salud visual es limitado o nulo. Desde luego, yo también me he traído algo”, añade Arturo.

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